Comencemos por aclarar qué es una alerta. Por alertas entendemos aquellas advertencias que nos informan de un probable peligro inminente, de preferencia antes de que se haga presente. Su importancia es lógicamente la del tamaño del peligro que nos señale. Así, por ejemplo, llevamos un año escuchando esta palabra, “alerta”, en referencia a la DANA que provocó más de 200 muertos en 2024 en Valencia. Recordemos que los medios de comunicación, al abordar este triste episodio, vienen insistiendo en que la información tardó demasiado tiempo en ofrecerse a la población.
El momento en que se advierte a la ciudadanía del peligro –que ha de ser suficientemente temprano como para que esa advertencia pueda servir a las personas expuestas a ese peligro– es un aspecto clave para darle sentido a la advertencia, pero no el único clave: también es preciso que el mensaje sea claro, es decir, que todo el mundo pueda entenderlo sin dificultad, sin necesidad de conocimientos técnicos específicos; además, es imprescindible que sea difundido de forma que llegue a todos sus destinatarios; claro está, también tiene que proceder de un organismo acreditado para enviarlas, entre otras características deseables.
No solo existen alertas climáticas como la citada, pues los tipos de alertas son tan variados como los tipos de peligros a los que la población nos enfrentamos. De entre ellas, las alertas sanitarias ocupan un lugar relevante y es el objetivo principal de estas líneas. Unos ejemplos nos vendrán bien: la alerta por la covid en su momento, o las alertas activas por enfermedades ahora: así, la Gripe A en toda España, la rabia (solo un perro, pero más de lo esperado) en Ceuta, la peste porcina en parte de Cataluña… Estaremos de acuerdo que no se trata de bromas.
Las alertas sanitarias, como todos los otros tipos de alertas, se basan en complejos mecanismos de vigilancia y control capaces de darse cuenta de los peligros que pueden presentarse. En concreto, una alerta sanitaria alimentaria es una notificación oficial –que sea oficial es importante– de que en un alimento concreto hay un riesgo inaceptable para quienes lo consuman, sea biológico (microbios, parásitos) químico (contaminantes, plaguicidas, toxinas naturales), físico (cuerpos extraños) o de alérgenos no declarados. Su detección activa, su seguimiento y su difusión son suficientemente complejos e importantes como para que solo puedan ser llevados a cabo por estructuras oficiales, a su vez obligadas a la máxima transparencia.
Como los alimentos viajan, su seguimiento, vigilancia y control ha de ser coordinado a lo largo de la cadena de producción, almacenamiento, transporte, manipulación y distribución. Así, la Unión Europea ha creado el RASFF (Sistema de Alerta Rápida para Alimentos y Piensos), concebido para que la información fluya en tiempo real entre los países miembros. En nuestro país, la AESAN (Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición) se ocupa de coordinar estas alertas a través de la red SCIRI (Sistema Coordinado de Intercambio Rápido de Información) en el que participan todas las comunidades autónomas.
La coordinación de todas estas estructuras –europeas, españolas y autonómicas– nos brinda una vigilancia y control alimentarios entre los más seguros del mundo frente a amenazas como, entre otras, la Listeria monocytogenes, capaz de crecer en ambientes refrigerados y especialmente peligrosa para embarazadas y personas inmunodeprimidas; o la Salmonella, frecuente en verano, pero no solo en verano; o el fraude alimentario que, aunque no siempre es un riesgo mortal para el consumidor –aunque nos acordemos del letal Síndrome del Aceite Tóxico–, socava su confianza y puede ocultar procesos poco higiénicos.
Las actuaciones de todas estas estructuras incluyen medidas como controles, análisis, retiradas de productos… pero los consumidores hemos de ser conscientes y agentes activos frente a las alertas alimentarias. Estos son los pasos a seguir con la mayor serenidad por cada uno de nosotros en caso de alerta sanitaria alimentaria:
En primer lugar, escuchar o leer atentamente las indicaciones de la alerta. Así, por ejemplo y por favor, si se citan “huevos” no oigamos “todos los huevos de España”, sino los lotes o las partidas específicas afectadas, con fechas de caducidad concretas y no todas las demás.
En segundo lugar, si el lote es o puede ser el afectado, no lo pruebe, pues no siempre cambian de aspecto, de sabor ni de olor: no haga experimentos con su salud, deje a los profesionales que se ocupen.
En tercer lugar, devuelva el producto a la tienda donde lo adquirió, que no lo rechazará, pues está obligada a reembolsarlo o sustituirlo.
Por fin, tenga cuidado con las informaciones alarmistas o equivocadas: guíese solo por fuentes oficiales como la web de la AESAN o las redes sociales de organismos de salud, cuya información es sistemáticamente la más segura y completa puesta a nuestra disposición, no lo dude.
Las alertas sanitarias son la prueba de que el sistema de salud pública nos vigila para nuestro bien. No son peligrosas para nosotros, sino para los riesgos que nos pueden dañar. Ningún sistema humano es perfecto, pero el que vigila activamente riesgos y errores –unos y otros, enemigos de nuestra salud– que pueden haberse producido y nos los comunica en tiempo y forma ha de merecernos más confianza que ningún otro. Buen provecho.
Dr. Wenceslao Varona López
Socio de AICAR y Médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública

